miércoles, 26 de septiembre de 2012

Paisaje después de la batalla

Escribo esto 24 horas después de la tarde del 25 de septiembre de 2012, fecha en la que miles de ciudadanos se concentraron en los alrededores del Congreso de los Diputados para realizar una protesta pacífica y terminó formándose lo que, en círculos diplomáticos, se conoce como un pifostio de tres pares de cojones.


Obviamente, no estuve ahí y por tanto, al igual que la mayoría de los españoles que estamos incendiando las redes sociales, hablo de oídas. Sin embargo, la cantidad de material gráfico y textual que se ha producido sobre el evento, mucho del cual fue generado in situ y a tiempo real por los propios protagonistas a través de las redes sociales, permiten hacerse una idea bastante clara de lo que sucedió. Y también permiten certificar que las autoridades y algunos medios de comunicación están exponiendo lo que, en las cúpulas especializadas, se denomina una sarta de mentiras.

Antecedentes

En primer lugar, hay que recordar que la acción de protesta tenía un carácter pacífico. Ciertamente, sus objetivos eran bastante ambiciosos y puede que ilusos: rodear el Congreso indefinidamente hasta forzar la disolución del Gobierno, la apertura de un nuevo proceso constituyente, una auditoría al Estado y una reforma del sistema electoral. Ahí es nada. En todo caso, es evidente que no se estaba llamando a provocar disturbios ni a poner en peligro la integridad de las personas o las infraestructuras.

Pese a ello, los días previos diferentes autoridades se dedicaron a calentar el ambiente de manera irresponsable. ¿cómo si no interpretar que la secretaria general del Partido Popular, María Dolores de Cospedal, comparara la acción con un golpe de estado, y su opinión fuera refrendada al día siguiente por la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes?

Sin mencionar que los días previos la policía se dedicó a pedir la documentación a los asistentes a las asambleas que se habían formado en emplazamientos como el Parque del Retiro y el mismo 25-S registró varios autobuses que se dirigían a la manifestación, lo cual no es muy "rutinario " que digamos, por mucho que así lo afirmen los agentes. Todo ello legal, pero innecesario y generador de un inequívoco clima de coacción.

El 15M fue ejemplar en muchos sentidos: despertó a la ciudadanía de su letargo, recordándole que tenía voz además de voto cuatrienal, y puso sobre la mesa numerosos asuntos hasta ahora tabú: reforma del sistema electoral, privilegios de los políticos, corrupción, etc. Pero es que además todo ello se hizo en protestas de larguísima duración en las que apenas hubo disturbios. Es más, en las asambleas se daba instrucciones a los "indignados" sobre cómo frenar las posibles acciones violentas de otros manifestantes.

El movimiento generó una corriente de simpatía y admiración incluso en el ámbito internacional. Como el 15M actuó contra el gobierno del entonces presidente y hoy turista Rodríguez Zapatero, en su día el PP no hizo mucho por denostarlo. Pero claro, como ahora se está pergeñando un movimiento similar que sí afectará a su gobierno, le convenía que no volviera a ser ese movimiento pacífico y cívico de 2011, y por ello se ha dedicado a soliviantar a los manifestantes: al Gobierno le interesaba que hubiera disturbios para desvirtuar la protesta, aunque obviamente eso nunca lo reconocerá en público.

La protesta

Como era de esperar, con estos precedentes la protesta culminó con varias cargas policiales en las que las fuerzas de seguridad se extralimitaron. En este punto trataré de ser lo más ecuánime posible: no deseo caer en esa retórica facilona de llamar "fascista" a las fuerzas del orden a la primera de cambio. Porque creo que deben existir una Policía que salvaguarde la seguridad y combata el crimen. Nos guste o no, es una institución necesaria, y apuesto a que muchos de los que ayer gritaron "fachas" a los agentes, son los primeros que los llamarían en caso de ser víctimas de un atraco  o cualquier otro delito.

Y tampoco quiero caer en esa idealización de los manifestantes en la que han caído algunos. Porque es verdad que algunos de ellos tiraron piedras y golpearon a los antidisturbios, lo cual choca frontalmente con el espíritu original de la protesta. En este punto podemos elucubrar si eran manifestantes realmente afines al movimiento, si se trataba de "revientamanifas" infiltrados o si eran delincuentes comunes que, arropados por la muchedumbre, dieron rienda suelta a sus instintos primarios. No lo podemos saber.

Pero, realizadas todas esas puntualizaciones, creo que es evidente que la Policía se extralimitó en sus funciones. Entiendo que a algún agente se le fuera la pinza porque no debe ser agradable estar horas de pié y en alerta soportando que una muchedumbre le diga de todo. Más de uno perdió el autocontrol que se les supone a unas fuerzas teóricamente entrenadas para soportar la presión. Pero pese a ello, las imágenes de varios agentes golpeando a manifestantes indefensos en el suelo resultan escalofriantes.

Sin duda, el momento en que más se evidenció el descontrol de las fuerzas del orden (en este caso desorden) fue cuando un grupo de antidisturbios entró en la estación de Atocha y disparó dentro pelotas de goma.


 Primero, no se entiende que los agentes persiguieran a los manifestantes hasta la estación. Se supone que su deber era dispersarlos, ¿o acaso debían también escarmentarlos? Pero es que disparar un proyectil en un interior es todo un desafío al azar, las pelotas podrían haber rebotado de cualquier manera y darle aleatoriamente a cualquier persona que estuviera en el recinto. Por no mencionar el riesgo de provocar una caída a las vías del tren.

Se trató de una acción objetivamente innecesaria y temeraria, sin justificación posible, a menos, claro está, que el objetivo real fuera meter miedo en el cuerpo a los manifestantes para que se lo piensen otra vez en próximas ocasiones. Lo que en términos militares se describe como acojonar al personal. Y que yo sepa, la coacción es más propia de criminales que de agentes de la ley. Por ello, es simplemente bochornoso que hoy el Ministerio de Interior califique su acción como proporcionada; es un mal chiste indigno hasta de "No te rías que es peor".

Infiltrados

Otro punto caliente de todo este embrollo es la sospecha de que hubo policías infiltrados entre los manifestantes que calentaron el ambiente para aumentar la intensidad de los choques de la Policía. Es una acusación muy grave y supongo que nadie se molestará en investigarla con propiedad. Sin embargo, para la historia queda esta escena, emitida en directo por TVE: en los primeros minutos muestra a un grupo de encapuchados arremetiendo contra la Policía. Pero en el minuto 3:00 se ve... ¡a unos encapuchados ayudando a unos agentes! Y hasta parece que uno de ellos (suéter azul marino, pantalón marrón claro) es el mismo que "detienen" al principio.



Por si fuera poco, también se ha difundido gracias a las redes sociales otro vídeo en el que un "manifestante" que es hostigado por varios agentes espeta una frase que ya se ha convertido en todo un hit: "¡Que soy compañero, coño!", delatándose para evitar recibir lo que en términos militares se conoce como hondonadas de hostias:




Además de que hay varias fotografías en las que se recoge la imagen de "manifestantes" deteniendo a varios transeúntes, ya en algunos medios la Jefatura Superior de Policía ha reconocido que hubo agentes de incógnito en las manifestaciones lo cual, por otro lado, es lógico y normal. Obviamente, niegan que éstos se dedicaran a provocar tensión.

Los medios

Como viene sucediendo desde hace ya demasiados años, los medios de comunicación nacionales, enfrascados en sus particulares luchas internas y su actitud servil hacia los partidos políticos a los que apoyan, dan versiones muy dispares de los sucedido. Por ello, a veces merece la pena ver qué cuenta la prensa internacional al respecto.

Lo que está claro es que el poder de las redes sociales, más difícilmente manipulables, está afectando cada vez más a las cabeceras tradicionales. Por ejemplo, El País y la web de TVE se hicieron eco de la ya famosa anécdota protagonizada por Alberto Casillas, el hostelero que se enfrentó a la Policía para proteger a los manifestantes que se habían refugiado en su bar. Pues bien,  tanto el diario nacional como la web inicialmente contaban una versión bastante diferente y ajena la realidad, según la cual Casillas pedía ayuda la Policía.

En las redes circulaba gran cantidad de imágenes y videos que ilustraban que había sucedido lo contrario, por lo que horas después el periódico rectificó sus erróneos pies de foto.
Así, a lo largo del día los medios de comunicación tradicionales no han tenido más remedio que hacerse eco poco a poco de todos estos testimonios recogidos principalmente a través de Twitter y YouTube, que desmontan o, al menos, matizan, las versiones oficiales.

Por supuesto, eso no quiere decir que debamos creer a pies juntillas todo lo que publican en las redes sociales: ahí es muy fácil difundir y expandir un bulo. Peor está claro que se trata de una fuente alternativa más que, analizada con todas las precauciones del mundo, puede servir para ampliar el conocimiento que pidamos tener acerca de un hecho. Y este ha sido un buen ejemplo.

El cambio necesario

El 25-S terminó, pero sus efectos tardarán en evaluarse. De hecho, mientras escribo hay más concentraciones convocadas en la Plaza de Neptuno de Madrid. No sé si de esto saldrá una regeneración del movimiento iniciado el pasado 15M o si se diluirá poco a poco a media que llega el Invierno.

En todo caso, el descontento con el actual sistema (no sólo el gobierno: el sistema en general) es manifiesto. ¿será capaz la ciudadanía de hacerse oír y forzar un cambio que parece cada vez más necesario? Es, sin duda, una tarea difícil, ya que la oposición de la casta que actualmente ostenta el poder sin duda será dura y, por otra parte, quizá sea necesario un movimiento mucho más articulado para propiciar esas reformas.

En todo caso, es evidente que ya estamos cansados de un Parlamento que regala iPads a diputados que no van a las sesiones, que cobran dietas de viaje a pasar de tener alojamiento en Madrid, o permiten que la corrupción, tan arraigada en nuestro sistema, lejos de cesar, aflore.

La crisis económica ha evidencia que España también estaba sumida en una crisis institucional y moral tanto o más grave. ¿Seremos capaces de superarla? Por nuestro bien, creamos que es posible. Es lo que en términos dramáticos se conoce como nuestra única esperanza.