lunes, 1 de octubre de 2012

"A Roma con amor": Woody engancha hasta con el automático puesto

 
El diseñador del cartel no es que se haya
comido mucho la sesera...
Que Woody Allen cumpla sistemáticamente su norma de realizar cada año una película, por muy sencilla que sea, es toda una proeza. Y con semejante volumen de producción, es lógico que las obras maestras no abunden tanto, pero también es verdad que en líneas generales se puede admitir que la calidad media de sus cintas es notable.


Su anterior título, "Midnight in Paris", resultó una agradable sorpresa en la que resucitaba el espíritu fantasioso de "La rosa púrpura de El Cairo" y lo mezclaba con la sana ironía a propósito de los tópicos culturales occidentales que desplegaba en sus "Cuentos sin plumas", por citar alguno de sus escritos. Por eso, las expectativas sobre su nueva película eran muy altas y el resultado ha sido una decepción... relativa.

Por una parte, la película es algo deslavazada, casi se podría decir que es chapucera no sólo en la composición casi televisiva de los planos, sino en el montaje: en ocasiones me dio la sensación de que le faltó material por rodar y se las tuvo que apañar con lo que tenía a mano. Juro que en algún momento tuve ganas de gritarle a la pantalla: "¡Por Dios, pon un contraplano de la chica ya!". Y ni caso.

Y en cuanto al guión, tampoco se complicó mucho la vida: recogió cuatro historias más o menos graciosas y las mezcló como buenamente pudo, con el único hilo en común de estar ubicadas en Roma. De hecho, la cinta es realmente uno de esos films por episodios, solo que Allen, en lugar de montarlos uno detrás de otro, ha decidido alternarlos en la sala de montaje.

En el apartado interpretativo nada que objetar: a Ellen Page dan ganas de abofetearla pero no es culpa suya, sino del personaje al que encarna. Y reconozco que la parejita de recién casados (Alessandro Tiberi y Alessanra Mastronardi) era menos carismática que un sándwich de atún sin mayonesa. Roberto Benigni está en su salsa y le han dado un papel en el que puede lucirse sin llegar a empalagar. De Penélope Cruz no puedo decir mucho porque su escote me distrajo de su interpretación. El mejor de la función es Alec Baldwin, los años en "Rockefeller Plaza" le han conferido un aplomo y un timing cómico envidiables.

Incluso en una cinta que se aprecia claramente que el bueno de Woody la ha hecho con el automático puesto, hay que reconocerle que tiene destalles que atestiguan su maestría. Supongo que será eso que llaman "oficio", pero creo que además se le suma esa sensación de libertad que debe tener un creador cuando ya lo ha demostrado todo y se permite hacer lo que le viene en gana.

En una de las historias, Alec Bladwin interpreta a John, un arquitecto famoso que conoce en Roma a Jack, un colega veinteañero encarnado por el sosainas de Jesse Eisenberg. El caso es que el veterano se convierte en una suerte de "voz de la conciencia" del joven que dialoga con él en mitad de una escena. Hasta ahí nada nuevo.

Pero es que en una pirueta narrativa, en un momento dado John, que pensábamos que sólo era visible para Jack, también se dirige a otros personajes, quienes interactúan con él. De este modo, el arquitecto maduro se convierte en una suerte de alter ego de los espectadores y proclama lo que la audiencia piensa realmente de lo que sucede en pantalla. Todo esto realizado con una gran naturalidad y que revela que Allen controla los recursos narrativos con una soltura pasmosa.

Otro atrevimiento de Allen es intercalar cuatro historias que no transcurren sincrónicamente. Así, la del arquitecto ya mencionada sucede durante un verano, mientras que la de Roberto Benigni convertido en una celebridad mediática sin que él nunca sepa porqué, y la del tenor que sólo canta bien si lo hace en la ducha, ocurren en varios meses. Por contra, el segmento del matrimonio recién casado parece ser cosa de uno o dos días. Por tanto, desde el punto de vista del montaje tradicional resulta todo un sinsentido editar alternativamente segmentos de todas las historias. Pero a Allen le da igual todo eso de la coherencia cronológica y lo hace sin más: debe sentirse ya demasiado mayor para tanta regla y tanta tontería.

El resultado es desigual porque no todas las tramas tienen la misma enjundia, si bien en general su grado de comicidad es alto. Además, acaso imbuido del supuestamente libertino espíritu itálico, las historias suponen, en gran medida, una apología del adulterio, cosa que ni está bien ni mal (líbrenme los dioses del cine de ponerme ahora a moralizar). Pero, en todo caso, resulta llamativo y contracorriente, y más viniendo de un autor de EE.UU., ese país puritano en el que puedes mostrar en pantalla un desmembramiento sanguinolento pero no media teta.

Por todo ello, es una película que, sin ser de las mejores de Allen, sí que es de las más frescas y "libres", y una demostración de que incluso cuando el director va a medio gas, engancha.