martes, 22 de mayo de 2012

El wertedero

El ministro durante una reciente visita oficial a un instituto público
Culpar al Ministro de Educación Juan Ignacio Wert de estar cargándose la educación española sería simplificar mucho la cuestión. Está claro que es sólo el brazo ejecutor de una orden superior, pero sin duda lo está haciendo de la peor manera posible. Prueba de ello es que según el CIS es el ministro peor valorado, algo extraño ya que ese puesto normalmente suele corresponderle a quien ostenta carteras como Economía, Sanidad, Interior e incluso Defensa.


El problema del ministro no es sólo que ha tomado una serie de catastróficas medidas que, sin duda, repercutirán muy negativamente en las futuras generaciones, sino que además ha intentado vanamente venderlas como mejoras y hechos positivos, como si la gente fuera tonta.

Cuando, por ejemplo, la ministra de Sanidad Ana Mato anuncia sus igualmente aberrantes recortes, al menos tiene la decencia de afirmar cosas como "esto no es lo deseado" y explicar que se trata de medidas extraordinarias. En cambio, Don Juan Ignacio, en lugar de emplear la misma sinceridad, prefiere afirmar astracanadas de alto gramaje, como que el aumento de alumnos por  clase (es decir, la masificación) "favorece la socialización". También emplea malas artes manipuladoras, como cuando ejemplificó los males de la asignatura Educación para la Ciudadanía con un ensayo al que intentó hacer pasar como un libro de texto.

En todo caso, gracias a su meritoria gestión, la educación volverá a ser elitista y accesible solamente para las clases pudientes, lo cual es una manera de privatizar implícitamente la enseñanza, pues estas medidas favorecerán a los centros no públicos.

Porque es evidente que con este aumento de alumnado (o lo que es lo mismo, este descenso de profesorado), la calidad de la enseñanza pública impartida será peor, mientras que los colegios privados podrán mantener ratios profesorado/alumnado razonables.

En cuanto al acceso a la universidad, se va aplicar una subida de tasas brutal, que para colmo va a estar complementada con un considerable descenso en la cuantía de las becas. Y los afortunados que puedan acceder a una ayuda pública, se encontrarán con que van a tener unas condiciones draconianas para mantenerla. Entiendo que el dinero público tampoco se puede malgastar en financiar a alumnos mediocres, pero tal y como está planteada la reforma, los becarios van a tener que ser unos genios y no podrán permitirse un desliz.

Puedo comprender que algunas reformas estructurales sean necesarias en tiempo de crisis. Pero está claro que, de todas las posibles medidas que se podían adoptar, han elegido unas con un sesgo ideológico que penaliza claramente a los sectores más humildes de la sociedad. Gracias a la hábil gestión del actual ministro, el principio de igualdad de oportunidades para el acceso a la educación ha sido enviado al wertedero.