viernes, 18 de mayo de 2012

Liderazgo

Administrar la opulencia es sencillo. Como no falta lo básico, la sociedad está tranquila y simplemente desea que el gobierno no se meta en sus asuntos. Sin embargo, en épocas de crisis el desánimo se extiende con facilidad y, si hace mella en la población, puede hacer aún más difícil hallar una solución. En esos periodos aciagos es necesario un referente, una figura de liderazgo que, más allá de su capacidad de gestión para lidiar con los problemas concretos que sufra el estado, se erija en referente para la ciudadanía. El Roosevelt del New Deal; el Churchill de la Segunda Guerra Mundial; el Kennedy de la crisis de los misiles... alguien que inspire confianza, que cuando hable transmita fotaleza para continuar.


Pues bien: no creo que Mariano Rajoy sea la clase de líder que necesitamos (y para que no me acusen de nada, tampoco lo fue Rodríguez Zapatero ni creo que lo hubiera sido Pérez Rubalcaba). El actual presidente, simplemente, no está. Cuando más necesitaba aliento y ánimo su pueblo, él se mandó a mudar.

Por supuesto, sólo con carisma no se salva una crisis, y no dudo que el presidente estará trabajando día y noche para hacer lo que pueda para mitigar sus efectos (que estemos o no de acuerdo sobre las medidas adoptadas es otra cuestión). Pero en periodos turbulentos como estos, un líder que se precie no puede esconderse en los despachos supervisando a los tecnócratas: deber salir a la plaza pública y decirle a sus ciudadanos: "Aquí estoy con todos vosotros, aguantaremos juntos el vendaval y saldremos de esta".

En cambio, Rajoy calla, dejando una sensación de abandono. Y cuando se digna abrir la boca, resulta ambiguo o, directamente, contribuye aún más a la desesperación.  Como bien dejó traslucir el ministro de Guindos, España ya ha hecho todo lo que podía y se le pedía en términos de gestión y recortes; ahora, por desgracia, el futuro depende de terceros.

Los españoles no estamos perdiendo sólo los trabajos y el dinero, estamos perdiendo la esperanza. Tenemos miedo al futuro, y ya hasta nos aterran los viernes, que se ha instituido como el día de las malas noticias. Es justo en este momento cuando necesitamos, más que nunca, una figura que afronte el problema. Que tome las riendas. Que nos reconforte. Necesitamos un líder...

...y en cambio lo que tenemos es un Rajoy.